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Grecia (2021)

Día 7. Corfú, mediterráneo salvaje.

¡Buenos días! Con buen ritmo vamos a por nuestro desayuno que hoy tenemos hora; ayer la dueña nos preguntó a qué hora queríamos desayunar y eso significa que no hay buffet. Solo desayunito para nosotros.

Al entrar al salón ya tenemos montada la mesa para dos mirando hacia el jardín: mantel de lino blanco, impoluto y la mejor vajilla. Desde luego esta mujer no es de esa gente que guarda para navidad porque aquí estamos tomando café en porcelana de la buena. La tele está puesta y la Belen Esteban griega y su prima la Pelos anuncian una crema de baba de caracol que poco ha hecho por ellas. Me da que la moda de la baba de caracol en España acabó hace años y los excedentes se los vendieron a Grecia.

A mí me vale. Hasta dentro de un rato estoy con mis pensamientos y agradezco que nadie me quiera hablar y Oru, que es un fanático de la teletienda, se entretiene hasta con la baba de caracol griega.

Al poco nos sirve el café una mujer que no es la dueña y que no habíamos visto, habla poco. Eso “es bien”. Dos minutos después nos trae el equivalente al plato de Ferrero Rocher de Isabel Preysler pero lleno de buñuelos. No puedo decir que me atraiga el olor porque huele a fritanga pero miro a Oruga y los ojos se le han salido de las órbitas. ¡Parece que a él si le mola lo que ve y lo que huele! Estos son los buñuelos que estaba preparando la dueña ayer.

Están recién hechos y cubiertos a tope de miel y azúcar. A mí se me han metido las encías para dentro y Oru que es más dulzón está más feliz que un gatito con un ovillo de lana. No son buñuelos al uso, son más bien una mezcla entre buñuelos y churros. Los hemos bautizado como “churruelos”.

Al poco la dueña aparece y no está muy conforme con que no nos hayamos comido los 38 “churruelos” que nos ha puesto y nos anima a comer más.

Oru intenta explicarle que seis son más que suficientes y yo sigo concentrada en mi café mientras pienso en cómo Hansel y Gretel acabaron en el horno de la bruja…

Cinco minuto antes de levantarnos para irnos empieza a jarrear, como si alguien desde el piso de arriba estuviera lanzando cubos de agua sin parar. No puede ser, ¿otra vez?

Doña Dueña sigue con su conversación y unos 15min después nos vamos nadando a recoger nuestras cosas porque, con lluvia o sin ella, nosotros nos vamos ¡que tenemos mucho que ver!

Acompañados de una intensa lluvia nos dirigimos a la zona de playas. ¡Somos así de locos! Nuestra primera parada será Peroulades para ver el “Canal del amor”, muy cerca de Sidari.

La carretera como siempre es un caos y con la lluvia, aún peor. Yo voy agarrada con las uñas al salpicadero mientras Oru, atento, dirige a Thetis con maestría.

Bordeamos valles, repletos de olivos, con vistas de las diferentes bahías al fondo. Es espectacular la cantidad de olivos que hay en Grecia. Desde lo alto es tan inmensa la plantación que vemos que parece un césped plano destacando unos cuantos árboles altos al fondo. Y no es que sea eso, es que los olivos forman un olivar tan extenso y espeso que parece liso y los árboles más altos parecen enormes gigantes que se ven a lo lejos y salen desde el suelo disparados hacia el cielo.

La lluvia nos perdona y van saliendo lo rayos de sol sobre las nubes del fondo. No vamos a cantar victoria ¡pero pinta bien!

El pueblo de Sidari está rodeado de bosques y según hemos visto es bastante turístico. A simple vista buscando dónde aparcar podemos ver que es un pueblo de veraneo más, sin mucho atractivo así que esperamos que las calas no nos decepcionen.

Una vez aparcada Thetis encaminamos hacia la playa. Entre múltiples caminos pegados al mar se agolpan restaurantes que serpentean las rocas. Todos ellos tienen piscina. Parece que en verano esto se pone hasta arriba y disfrutar de una comida aquí te da derecho a un bañito… ¡Ideaca!. La verdad es que no quedan mal porque van haciendo la forma del sendero y no hay otra forma de seguirlo hacia las rocas sin atravesar por en medio de muchos de ellos.

Para variar, caminar por aquí es un deporte de riesgo. Las piedras naturales que forman el camino ahora están mojadas y embarradas así que las probabilidades de desmoñarte, perder un diente y acabar embadurnado en barro son muy altas.

Nos dirigimos a la parte más boscosa donde un camino atraviesa una pequeña elevación para sacarnos a una formación de rocas impresionante. Erosionadas por un mar muy tranquilo forman calas y canales y por aquí podemos atravesar hasta el lado opuesto y continuar subiendo para ver el resto de la bahía.

Las piedras tienen un color azul amarillento y pese a que no hay zona de baño como tal, las cuerdas ancladas a algunas rocas nos hacen pensar que la gente nada a sus anchas por aquí en verano.

Un par de traspiés después nos damos la vuelta, vuelve a llover con ganas y avanzar por el siguiente bosquecillo no parece una gran idea.

A la vuelta vemos un pequeño altar en honor de un joven que perdió la vida salvando la de otros. Quizás he subestimado el poder de este mar…

Avanzamos hacia el lado contrario para llegar al menos al Canal del amor. Este canal es una pequeña cala con menos de 4 metros de arena que se abre al mar. Se dice que si las parejas nadan juntas hasta el final de la roca y vuelven están más cerca de casarse.

Desde arriba vemos un par de parejas intrépidas y con muchas ganas de casarse bañándose.

Entiendo lo bonito del sitio aún bajo la lluvia y espero que no sea el matrimonio el único motivo para nadar y para morir despeñado subiendo o morir congelado de frío porque estos chicos, cuando han salido, no tenían un color muy sano. Así que solo a modo de consejo, podéis casaros sin bañaros aquí. ¡Que lo sepáis!

Y si lo vais a hacer igualmente, mejor que sea un día con mejor tiempo para que no tengáis que buscaros una nueva pareja en el caso de que al subir algo no salga del todo bien…

Nos gustaría bajar para verlo un poco más de cerca pero se hace imposible porque las rocas resbalan a lo bestia y hacemos el moonwalker en cada paso así que desandamos nuestros pasos y nos resguardamos de la lluvia volviendo de nuevo arriba. No podemos hacer mucho más aquí y estamos empapados así que intentaremos seguir hasta Cabo Dastris con la esperanza de que Zeus deje un poco tranquilas las nubes y podamos verlo tranquilamente.

Seguimos los coches que van delante nuestro hasta donde nos indica Google Maps y confiados de que, si ellos llegan, nosotros también. Y llegar llegamos pero nos damos la vuelta porque aquí caben tres coches aparcados sin peligro de caída al abismo y ya hay cinco. Como de matemáticas básicas no estamos mal, preferimos dejarlo un poco más abajo que parece más seguro y menos embarrado.

Cuando vamos a salir, Zeus está librando su mayor batalla con vete tú a saber quién así que nos quedamos 10 minutillos en el coche esperando al desenlace de tremenda afrenta. Una vez que los dioses se relajan salimos direccion el Cabo Dastris. Este tramo está embarrado pero aún se sube “bien”.

Al llegar al “parking” de los cinco coches que vimos antes, donde nos dimos la vuelta, lo dejamos a la derecha y bajamos una cuesta, que en seco no sería nada, pero en mojado es un gran eslalon.

Una chica va en chanclas, y si hay algo importante en Grecia es dejarte las chanclas en la mochila y ponerte unas zapatillas Salomon (o similar) que lo soporten todo. La chica se las quita; cree que yendo descalza subirá mejor pero el marido que va detrás, le va haciendo tope porque no hay paso que dé que no “desande” uno o dos en el barro. El barro le llega hasta los tobillos desnudos pero ella sigue. ¡Joder si que tiene ganas de ver el cabo!

Nosotros sabemos que uno de los dos va a caer sobre el barro así que al principio vamos agarrados y luego dejamos nuestro amor a un lado y guiados por el bien común de que sólo se caiga uno bajamos como podemos hasta el primer mirador. Deciros que no es tan emocionante el cabo como está fantástica subida que hemos conseguido terminar…

Desde aquí se ve todo el cabo y sus acantilados. Para llegar a la playa queda una segunda bajada. Desde donde hemos conseguido pararnos sin resbalar vemos como la avanzadilla de un grupo lo intenta con ganas y con el barro cubriendo las zapatillas. Caminan como La Gallina Caponata y el que no acabe en el barro, acabará en el mar.

Yo le digo a Oru que no voy. No me veo capaz. Oru se lanza a la aventura y 5 minutos después vuelve. Lo ha intentado, pero es que no hay forma. Cuando emprendemos la vuelta al coche, vemos volver al grupo de avanzadilla, ellos tampoco han podido.

La vuelta no ha sido tan complicada, pero creo que es porque vemos a los que vienen de frente y nos sentimos más poderosos por haber superado ese tramo con éxito.

Un poco más animados porque en dirección a Afionas se ve el sol. Por el camino voy buscando un sitio para comer. He decidido que vamos a ir al que esté más arriba, tenga las mejores vistas y la terraza más soleada y, como Oru es un mandado y el tema alojamientos, comida y todo lo que no sea conducir es cosa mía, se deja hacer.

Seguimos el mapa por el pequeño pueblo lleno de curvas. La carretera general lo atraviesa por el medio, como todos en Grecia. Esta vez en cuesta, colorido y parece que mucho más turístico de lo que esperábamos para un día como hoy y entre semana.

Los coches mal aparcados se apiñan a ambos lados de la carretera y donde hay un hueco es porque hay un letrero pintado en el suelo con tempera y una brocha gorda amenazando con un: PROHIBIDO APARCAR. Me da que en este pueblo están un poco hartos de no poder salir de su casa porque un coche les bloquea la puerta…

En esta zona hemos empezado a ver coches más grandes y algunos se cruzan ahora con nosotros en poco más de 4 metros de ancho de carretera. Avanzamos esquivando gatitos y turistas dirección al Porto Timoni Restaurant hasta que la carretera se estrecha en un camino sin asfaltar cubierto por un verdín (como decimos en León) y en el que apenas entra Thetis. Creemos que la loca de Google Maps nos la ha vuelto a jugar y volvemos al principio del pueblo que hay un parking que hoy es gratuito. Otros días solo acepta cash como indica el cartel contando que el cajero más cercano está a 200 metros. Por si querías ponerte tonto, irte sin pagar o hacerte el remolón, no toques los cojones que ya te dan hasta la información del ATM más cercano. Está bastante vació por claro, nadie quiere aparcar ya que luego tendrás que subir la cuesta hasta el pueblo.

Llegamos al restaurante por el mismo camino y efectivamente ¡los «Griegos Locos» meten por el sendero ese sus coches!

El restaurante tiene unas vistas espectaculares del mar, la playa y el bosque cercano: ¡un completo! Hay un grupo de 6 aprendices a instagramer en una mesa al fondo y una pareja, así que quedan libres unas 10 mesas para que nosotros las probemos todas y Oru elija al fin la que más le gusta.

Trataré de describir la técnica de Oru para elegir mesa: en primer lugar, cuántos más sitios libres, más tarda en sentarse. Cuando ya nos hemos sentado, nos cambiamos de posición él y yo en la mesa porque hay algo que no le gusta o le molesta. Y después de eso, todavía nos cambiamos a una nueva mesa, que resulta ser la mesa final, bien porque le da vergüenza seguir cambiando o más bien porque yo ya me niego a moverme más. Hay que quererle como es y como yo ya estoy acostumbrada, no acabo de ponerme cómoda hasta que no llevamos unos 15 minutos en la mesa, porque siempre le veo mirando por el rabillo del ojo por si se está perdiendo la mejor mesa del restaurante más turístico de todo Afionas.

Y como aún nos falta la mesa final, dejamos de salir de fondo en las fotos de las instagramer de media libra y nos cambiamos a una mesa más grande y con algo de sombra, porque «Lorenzo» ha salido y no está achicharrando. Al menos se nos secará la ropa…

En contra de todo pronóstico comemos como reyes, pero de los buenos, no como “la Leti” que tiene pinta de ser respiracionista. Nos zampamos una dorada, una mega ensalada con tropecientasmil cosas y unas croquetas de verduras y queso, que ya habíamos probado, pero estás están mucho más ricas y menos fritangosas. Esperamos pringar en la cuenta como dos guiris pagando además de la buena comida y la bebida, las vistas. Nuestra sorpresa viene cuando nos traen 37€ de cuenta. ¡Esto lo haces en Almuñecar y menos de 70€ no pagas!

Bien alimentados nos proponemos el descenso a las playas de Afionas que están a unos 30 minutos montaña abajo y que prometen ser estupendas.

Cuando voy bajando pienso «En serio, ¿quién es el mamón que no avisa de esto?» El descenso parece más de lo que es, y esto no es más que por qué vas tan ensimismado en no partirte la crisma dando un paso en falso que se te olvida que estás arriba y tienes que llegar al nivel del mar. Pon una barandilla, una cuerda, allana la piedra… No sé ministro de turismo, ¡algo para que si alguien se retuerce un tobillo no haya que llamar a la UME o lanzarlo al agua para que lo recoja un barco y lo lleve a un hospital!

Como una imagen vale más que mil palabras, aquí va la nuestra:

A medio camino está el view point, sitio dede donde se sacan todas las fotos que verás. A partir de aquí me da que el 70% se da la vuelta a la playa del pueblo y tan piti.

Nosotros hemos venido a jugar, «a jugaaaaarrr» que diría Joaquin Prat, y seguimos bajando, y bajando y bajando… Y media hora después de empezar el descenso, todos los dientes en la boca, cero esguinces y mucho calor llegamos a la playa.

La playa es doble, a la derecha sale directamente al mar y da el solecito a estas horas. No es muy grande y las algas cubren la orilla. Hay unas veinte personas a este lado y ya nos parece bastante ya que el espacio es reducido. Muchos están bañándose al igual que los patitos que juegan y se bañan en la orilla ajenos a la presencia humana. La vista es realmente bonita.

Un camino entre el no muy espeso matorral nos guía a la otra playa gemela. La parte de la arena es aún más pequeña y rocosa. La orilla está llena de algas y cadáveres de erizos de mar que parecen kiwis. La vista aunque preciosa igualmente, acaba en la playa lejana en vez de en mar abierto.

Entre el calorinchi, que esto es muy chulo y que a este lado al no dar el sol hay menos gente nos entran ganas de bañarnos. Pruebo el agua, está más que bien y sobre todo teniendo en cuenta que estamos a finales de octubre. Problema: Con tanto cambio de temperatura ni nos lo planteamos, pero no hemos traído bañador.

Solución: Al agua patos, ¡que nadie nos conoce!

Da un poco de respeto a pesar del agua cristalina posar los pies en el suelo, porque todos esos erizos de mar de algún sitio habrán salido y antes han estado vivos… por lo demás hacer la croqueta por aquí es una gozada, somos 3 en el agua y en toda esta playita un total de cuatro personas.

Yo chapoteo un poco más mientras Oru hace las fotos correspondientes y cuando ya estamos más o menos sequitos emprendemos la subida.

Resumen del día:

  • Pies cubiertos de barro: 4
  • Baños en casi bolas: 1
  • Descenso de riesgo: 2
  • Ascenso de riesgo: 2
  • Dietes rotos: 0
  • Esguinces, roturas o heridas de gravedad: 0
  • Propuestas para realizar al ministro de cultura y turismo griego: 9.752

Nos damos una vuelta por el pueblo saludando a varios perritos y gatitos, llegados a este punto del viaje echamos de menos a Lucas y sabemos que en el día de hoy se lo hubiera pasado en grande: Barro, montaña y playa. El día ideal de nuestro perro. 🥰

Nos acercamos a sacar dinero y no en el ATM que decía el parking, a nosotros no nos manda nadie ¡así que vamos a otro! Anarquíaaaaa

No hay nada mejor que mirar a tu alrededor incluso cuando estás sacando dinero y no para que no te roben, que también, sino para ver como en este caso, un restaurante cafetería con una terraza fantástica donde vamos a tomarnos un batido hiper calórico mientras vemos atardecer sobre el mar.

Tranquílamente charlamos mientras va bajando el sol y la terraza se va llenando poco a poco. Los batidos son reguleros y los camareros no parecen muy felices pero las vistas bien merecen echar el rato aquí.

Si tuviéramos un “carrete de 36” (perdón por la gente joven, quizá no tengan ni idea de qué va esto, pero tampoco confío en que nos lea nadie jovencísimo, así que sin más explicaciones) lo hubiéramos gastado entero intentando capaz el color morado-rosado que ha tomado el mar y como los rayos de sol que quedan por esconderse atraviesan anaranjados las nubes en el mar, en lo que sospechamos una tormenta. Nada de eso es captado por nuestros móviles por más que lo intentamos y viendo como los demás cohabitantes de la terraza con sus súper cámaras de objetivos infinitos se lían a hacer fotos, ellos tampoco lo consiguen. Así que optamos por tomarnos una cerveza y grabarlo en nuestra retina, que esa a la larga no falla.

Dormiremos en Agios Stefanos y hemos cogido un hotelito con piscina animados por el buen clima que hemos tenido hoy. Thetis nos dirige felizmente hacia el hotel cuando Don Zeus vuelve a encabronarse con alguien. Este tío tiene muy, pero que muy mala leche y llegamos al hotel sin ver prácticamente nada fuera del coche.

Nos recibe con un pequeño paraguas el anfitrión, ya que son apartamentos. Con ese paraguas no nos cubre ni la maleta, pero agradecemos el detalle.

El apartamento es moderno y enorme y tener todas las puertas del baño y no tener que compartir nuestros momentos más oscuros le da un punto extra 😜

Las vistas intuimos que son geniales, ya que a pesar de la lluvia vemos la playa al fondo y un pequeño pueblo de pescadores.

Nuestro anfitrión nos regala una botella de vino blanco para que entremos en calor y raudos la ponemos a enfriar, porque frío no tenemos, pero cenaremos unos pasteles salados que compramos por la mañana y los vamos a acompañar con este vinito. Que aunque a nosotros nos lo haya regalado marca 20€, así que suponemos que algo bueno estará.

Tendríamos que dejar de suponer, porque no acertamos… ¡que vino más malo coño! No hagáis vino y dedicaros al aceite, porque ya os digo que no es lo vuestro, esto no está bueno ni echándole 7up fresquito y tomándolo en Sevilla a 45ºC en pleno Agosto.

También tenemos nuestras propias cervezas, así que optamos por agua y cerveza y cenamos viendo llover en la terraza.

¡Buenas noches!

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