Después del ajetreado día de ayer hoy queremos dejar el coche a un lado y por eso hablamos con nuestro guía para ver opciones más cercanas que volver a Ngorongoro que era lo previsto y que, después del exitazo de ayer viendo guepardos y rinocerontes, preferimos dejar como un recuerdo en lo alto. 😀
Así que hoy vamos a hacer una ruta en bicicleta por el pueblo Mto Wa Mbu, un pueblo pegado al lago Manyara y famoso por sus fértiles tierras. En él viven 20.000 personas aproximadamente y se dedican prácticamente en exclusiva a la agricultura y ganadería. Distintas tribus se han ido afincando en el pueblo como los omnipresentes masáis encargados casi en exclusiva de la ganadería de la zona, como otras tribus como los Makonde, dedicados a la madera.
Un guía local, Musa (como la mayonesa) nos acompañará en nuestro recorrido. Comenzamos con la explicación de arriba (mucho más detallada, claro 😅) y nos dirigimos hacia el lago que está apenas a unos 300 metros del hotel. Nos paramos para acercarnos por un descampao a unas cebras que están allí pastando. Un poco más allá unos ñus. Están ahí, como en su casa, como si fueran ganado. Nadie las molesta ni ellas molestan. Totalmente integradas las cebras como si fueran el burro del vecino.

Seguimos hasta el lago donde tres mujeres están limpiando pescado en unos cubos de plástico en la puerta de su casa. Llamarle casa a esas cuatro paredes es ser muy generoso. detrás de ellas, una cigüeña que mide 1 metro de alta y pesará 40 kilos está atenta para recoger las vísceras que las mujeres desechan. A unos metros, dos pescadores desenredan las redes que suponemos acaban de utilizar hace unas horas para traer ese pescado.
Aquí se pesca por la mañana y por la tarde, nos dice Musa. Se dirige a las mujeres para enseñarnos los peces, un pescado local y otro que recuerdo el nombre: pez gato. Es como una anguila pequeña y negra. La mujer me ofrece el pescado como para que lo coja. Por suerte el pez da un ultimo espasmo y cae al suelo de su mano. 😰
El lago, tiene un fuerte oleaje y las barcas que utilizan son apenas canoas, troncos huecos. De hecho Musa nos cuenta que un amigo de él, estuvo hace unas semanas pescando y una ola le volcó la canoa y tuvo que permanecer agarrado a una acacia (y sus espinas) durante 45 minutos hasta que vinieron a rescatarle otros pescadores.

Desde allí cogemos nuestras bicis y nos dirigimos a los arrozales. Allí unos campesinos están trabajando mientras Musa nos cuenta la siembra y recolección del arroz. Vemos plantas en distintas fases. No teníamos ni idea de todo el partido que le pueden sacar al arroz y su cáscara. Tanto que se utiliza para endurecer los ladrillos de barro que sirven para construir las casas, por ejemplo. Muy, muy interesante.


Desde ahí vamos al mercado local. Como todo mercado en países en desarrollo, viene a ser un tumulto de puestos apiñado unos junto a otros donde puedes encontrar absolutamente de todo. Desde verduras, hasta ropa y por supuesto, carne con sus correspondientes moscas. Muchos viajeros aprecian los mercados pero yo he de decir que me resultan sitios incómodos, particularmente la zona de pescado y carne. Los olores son de otro mundo. Es verdad que la zona de verduras, ropa y utensilios del hogar son muy entretenidas pero se me vienen abajo cuando saltamos a la zona de “frescos”. En ese momento solo quiero irme del mercado.


Recorremos las distintas calles del mercado y vemos el plátano rojo, algo que no conocíamos. Caracola de anima a probarlo. Yo tiro de mi clásica excusa de estómago delicado para no probarlo. Según dice Caracola es un plátano normal. Según Musa es menos dulce. Me fío de Caracola. 😅
Nos dirigimos después a visitar a los makondes, artesanos de la madera. Allí está toda la familia trabajando en distintos tipos la madera: mobiliario para casas como puertas o muebles, utensilios como cuencos o cucharas de palo y decoración como figuras. Musa nos explica junto con la ayuda de un makonde que habla en inglés los distintos tipos de madera, las características y algunos procesos. Nos explica que es habitual formar cooperativas para la venta de los productos y vamos aúna de ellas donde, por supuesto, terminamos comprando alguna cosilla… 😇
Con nuestros utensilios en la mochila nos vamos hasta la siguiente tribu, dedicada a el cultivo especialmente de plátano. Allí nos explican cómo elaboran cerveza de plátano lo que es afectivamente una insulto para la cerveza. Después de explicarnos el proceso nos sirven un vaso de plástico con el borde dudosamente nuevo (parece como mordisqueado) del tamaño de una pinta. La espuma, parece más bien mousse y no tiene ninguna pinta de estar fresquita. Musa nos anima a probarla y yo tiro de mi excusa de estómago delicado. Caracola, valiente, le da dos o tres sorbos. Dice que no está mala pero que parece más bien un batido de plátano. Más bien podría ser porque realmente tiene un 1% de alcohol. De camino a los platanales paramos en un colectivo de pintores. Somos reticentes pero la verdad que la visita está muy bien. Nos enseñan los distintos estilos que trabajan. Uno de ellos, Tinga Tinga me llama mucho la atención. Es un estilo basado en dibujos infantiles de animales, casi como ilustraciones de cuentos para niños. Me gusta tanto que acabo comprando un cuadro para La Gipaeta a pesar de la convicción a medias de Caracola.
Atravesamos un puente de madera, sin barandillas, claro, que comunica el colectivo con el platanal. Nos sumergimos en cientos de plataneros y Musa nos cuenta todo el proceso del que lo teníamos ni idea. Nos impresiona ver la flor de plátano y las distintas fases. Como los platanitos van engordando y como cuando comienzan a recibir la luz del sol, se giran y crecen hacia arriba. Hasta 100 plátanos por racimo y hasta 40 kilos pueden llegar a pesar. 😱



Una vez terminamos la ruta por el platanal emprendemos la ruta de regreso al hotel donde al llegar nos espera nuestro guía con repelente anti mosquitos que le habíamos pedido.
Después de comer pasamos la tarde en la piscina, leyendo y bañándonos hasta que decidimos ir a probar los margaritas que vimos hacer ayer a un camarero. Probablemente el peor que he tomado en mi vida. 🤣

Cenamos tranquilamente arreglando el mundo y disfrutando de la cocina de este hotel, el Jungle Pearl Lodge que es la mejor de todo el viaje sin duda. Un gran día, sin duda.
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