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Tanzania (2025)

Día 6. Camino de Ngorongoro.

Empezamos el día una hora tarde. Anoche Caracola me insistía en que habíamos quedado en salir a las 7:30 mientras que yo empecinaba en que Julias había dicho 8:30.

Error.

Así que empezamos el día a la hora programada: las 7:30. Y lo hacemos con un mensaje de Julias a las 7:22:

Así que recogemos la habitación a toda prisa, metemos cosas en la maleta y salimos pitando hacia el restaurante donde está Julias que nos recibe riendo y con un «Hakuna Matata. No pasa nada.»

Así que desayunamos tranquilamente y a las 8:30, la hora programada solo por mi, salimos en ruta a Ngorongoro, un trayecto de 4 horas por la carretera del infierno.

A los 10 minutos de salir le pregunto a Caracola por el libro que me ha dejado a pesar de estar leyéndolo ella porque terminé el mío y me aburría. No se puede ser más buena persona.

Ella me dice que no lo ha cogido. Que pensaba que lo había cogido yo.

😳

Así que le digo a Julias si podemos dar la vuelta y me dice resignadamente que si. No hay «Hakuna Matata» esta vez. Para no parecer tan subnormal profundo, Caracola me sugiere por lo bajini que diga que también me he dejado las gafas.

Así que 30 minutos después de lo previsto por mi y una hora y media después de lo previsto por Julias nos ponemos en la carretera dirección Ngorongoro.

😅

Pues bien. Después de nuestra salida agitada no esperábamos todo lo que nos deparaba el día de hoy.

Al llegar a la puerta del parque, Julias, nuestro guía, nos dice que tiene que arreglar los papeles y que podemos aprovechar para ir al baño. En cinco minutos está de vuelta pero nos dice que el coche pierde combustible y que tenemos que para un minuto para cerrar bien una válvula (o algo así). A apenas unos 100 metros encontramos una especie de chambao donde tres mecánicos reparan coches de safari. Por cierto, son todos Toyota Land Cruise. Buen negocio para Toyota…

Allí empiezan a hablar con nuestro guía y después de mirar debajo, abren el capó y Julias comienza a pulsar el pedal del freno. 🤨

Caracola y yo nos miramos con cara de no entender nada. Después de unos 10 minutos parece que todo está solucionado. Nos ponemos en ruta de nuevo aunque con la mosca tras la oreja con el pedal de freno. Caracola, unos minutos después le pregunta.

—Julias, ¿está todo bien con el coche? ¿Le pasa algo al freno? Te hemos visto pulsar el pedal del freno.

—Todo bien. Es porque la dirección tiembla a veces en la carretera.

En verdad, la carretera hasta el Serengeti que pasa por Ngorongoro se encuentra en un estado lamentable. Es una auténtico infierno en vida el recorrerla.

Comenzamos a subir el cráter del Ngorongoro (en realidad es una caldera) y cuando estamos a punto de llegar a la cima, el coche se para y comenzamos a ir hacia atrás. No entendemos nada porque íbamos muy despacio porque había un coche de frente parado y Julias redujo la velocidad. Pero de repente estamos yendo marcha atrás y Julias está mirando hacia atrás también porque vienen coches detrás.

Nuestro jeep engancha la defensa delantera contra el lateral de otro jeep y se la arranca. El otro jeep tiene toda la puerta del conductor (la derecha en Tanzania) abollada. Unos segundos después nuestro Jeep se detiene contra la cuneta derecha que está del lado de la montaña. A la izquierda queda el terraplén.

Caracola está asustada y yo también. No ha pasado nada e íbamos a poquísima velocidad. Julias ha «controlado» el coche como ha podido y no ha habido ningún daño personal. Tan solo los jeeps que se han golpeado.

Julias nos pide perdón. Tiene mala cara. Ya no hay hakuna matata. Baja del coche y nos pide que esperemos. Se va hacia el otro jeep y lo vemos hablar con el conductor. En ningún momento hay gritos ni gestos. Los vemos hablar tranquilamente. Está claro que no es la primera vez para ninguno de los dos. En la carretera se monta una caravana porque nuestro jeep bloquea un carril y medio al haber quedado atravesado. Curiosamente después del susto inicial no estamos nada preocupados o enfadados.

A los 20 minutos, Julias nos dice que vamos a tener que ir con el otro jeep (al que hemos golpeado). Él tiene que llevar el jeep a arreglar y después nos recoge en el cráter. «No hay problema» le decimos.

Cogemos las maletas y las cambiamos de jeep aunque aún tenemos que esperar unos minutos porque aparecen los rangers para ayudar. Uno de ellos se pone a charlar conmigo y a decirme que no nos preocupemos que es muy habitual. «No estamos preocupados», le digo y es verdad. Me explica que ellos, señanlando a todo el grupo de rangers, los guías y hasta dos masáis que se han acercado a cotillear, están ahí para ayudarnos. «Ayudar a los turistas», dice.

Julias tiene mala cara. Se disculpa una vez más y nos dice que no nos preocupemos, que luego nos vemos. No se como decirlo ¡pero es que estamos cero preocupados!

Nos montamos al coche y le damos las gracias a la pareja que viajan, dos chilenos pegando a Patagonia, Mario y Jennifer. Curiosamente, López. 🤪

Nos ponemos a hablar de África, de Serengeti y de otros viajes que hemos hecho. Se nos pasa volando hasta que llegamos a Ngorongoro donde aparcamos el jeep y comemos frente a un gigantesco lago de agua salada, con flamencos y un hipopótamo en la orilla. Al otro lado cebras y ñus completan el paisaje de la caldera volcánica, de unos 450 kilómetros cuadrados. La vista se pierda hasta la pared de enfrente y es que esto es algo así parecido a lo que habría sido el Jardín del Edén. En el viven todas las especies que ya hemos visto. Tiene un lago de agua salada (por las rocas del fondo), lagunas de agua dulce, arroyos, sábana y bosque. Y todo en una submeseta ola a que permite ver de lado a lado. Me recuerda al salar de Uyuni pero lleno de vida.

Después de comer comenzamos el recorrido con un claro objetivo: localizar un rinoceronte negro. Después de la familia de guepardos que vimos justo antes de abandonar el Serengeti, es el grande que nos falta por ver.

La suerte nos sonríe al fin y pocos kilómetros después vemos un rinoceronte a unos doscientos metros, rodeado de impalas, cebras y por supuesto «pumbas». Sacamos los prismáticos y nos quedamos un largo rato disfrutándolo, viendo como los pájaros se apoyan en su lomo y encandilandonos con la belleza de este animal primigenio. Apabullan la grandeza de sus cuernos y la fortaleza de su cuerpo. Sus movimientos lentos, con parsimonia, contrastan con el resto de animales a su alrededor que corretean a sus anchas.

Estamos media hora mirándolo y contemplando el maravilloso paisaje con el resto de animales y avanzamos para continuar viendo una inmensa manada de los furiosos búfalos antes de adentrarnos en el bosque donde veremos principalmente aves como pelícanos, gruyas de corona, garzas de pico amarillo, y un sinfín de aves acuáticas. Terminamos nuestro recorrido dejando pasar por la carretera a una manada de cebras seguida de una de ñus.

Al llegar al mirador, el guía sustituto 😛 nos dice que Julias no va a poder venir todavía porque está con el coche en el taller así que vendrá Swedy, el guía original. Por nosotros, bien. HAKUNA MATATA.

Al llegar al pueblo donde se quedan Jennifer y Mario, Karatu, nos está esperando Swedy asi que volvemos a cambiar las maletas de jeep, nos despedimos, les damos las gracias e intercambiamos números. Nunca se sabe dónde te puede llevar el próximo viaje… Si algún día nos leéis Jenifer y Mario, ¡gracias, nos salvasteis de un día de mierda!

Swedy nos lleva hasta el hotel, el Jungle Pearl Resort donde ya nos habíamos alojado antes. El sitio es precioso aunque al estar cerca del lago tiene bastantes mosquitos. Nada que un buen repelente no pueda solucionar…

Llegamos reventados pero podemos disfrutar de un par de cervezas y una cena deliciosa. Sin lugar a dudas ha sido un día intenso pero, ¿qué sería si un viaje no tuviese estos momentos?

¡HAKUNA MATATA!

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